En 2016 se hicieron grades descubrimientos en el estudio de los corales, incluidos nuevos arrecifes.

U n pólipo de coral en sí puede medir tan solo escasos milímetros, pero cuando se junta con otros para formar una colonia, y esta colonia se junta con otras especies para formar un arrecife, esos minúsculos pólipos crean unas de las mayores estructuras en la Tierra. Se cree que los arrecifes de coral contienen el 25 por ciento de la biodiversidad del planeta, pero solo cubren el 0,2 por ciento de su superficie. Los hay de dos tipos: duros y blandos.

Los corales duros son los arquitectos del arrecife –secretan un duro esqueleto de carbonato de calcio que se va fusionando con el tiempo para crear las  gigantescas barreras naturales–.

Los corales blandos secretan esqueletos no tan duros, pero que desempeñan una función esencial en el crecimiento y salud del arrecife. Los corales que crecen en las zonas poco profundas necesitan aguas cristalinas, ya que la luz es esencial para su crecimiento.
Sus tejidos contienen minúsculas algas llamadas zooxantelas que fotosintetizan y aportan alimento al coral. El alga le confiere al coral su tonalidad tropical y vibrante, y convierte el arrecife en un derroche de color submarino. Los corales de aguas profundas no dependen de algas simbióticas para alimentarse porque  viven en la oscuridad, así que obtienen su propio alimento. Cada pólipo individual en una colonia tiene células urticantes llamadas nematocitos que se activan si se tocan. En función de las especies, los nematocitos pueden segregar una potente toxina que permite al coral abatir a su presa.

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