Justo antes de la medianoche del 31 de diciembre de 2016, el mundo ganó un segundo extra para compensar el hecho de que la rotación terrestre está  ralentizándose poco a poco. Los relojes atómicos modernos son demasiado precisos en comparación con la irregular velocidad rotatoria de la Tierra, y harán tic-tac a la misma velocidad durante millones de años. Para que nuestro tiempo estandarizado se ajuste a nuestros relojes atómicos, desde 1972 se han añadido 26 segundos intercalares.
Hoy día, el ser humano puede saber el tiempo con facilidad y precisión extrema, pero no siempre fue así. Al principio, la única forma posible era localizar el Sol en el cielo, y los relojes solares fueron los primeros cronómetros que surgieron en Egipto, China y Grecia. Como el cambio de estaciones alteraba las horas de luz, este sistema tenía defectos, y por eso se inventaron varios métodos para intentar conocer la hora de forma más precisa.

Además de dispositivos, también se necesitaba un sistema numérico para medir el tiempo. Para ello, los antiguos sumerios idearon el sistema sexagesimal. Se cree que este sistema se basaba en contar con las manos, usando el pulgar de una mano para contra las tres articulaciones de cada uno de los otros cuatro dedos hasta llegar a 12. Con los cinco dedos libre de la otra mano iban recontando cuentas de 12 hasta llegar a 60. Como 60 es divisible por muchos números menores, era la cifra perfecta en la que basar el sistema. Otra cifra empleada y considerada importante por las antiguas civilizaciones era el 12, ya que es el número de los ciclos lunares a lo largo del año.

Descubre más sobre la evolución del tiempo en la sección de Historia del número 67 de la revista Cómo Funciona.